1987 quedará marcado como el año del debut discográfico de Guns N’ Roses, aquella que supo ser “la banda más peligrosa del planeta”, y que hoy, reconvertida en un formato más apto para todo público, continua girando por el globo. Pero para lograr escalar hasta el olimpo de las más importantes bandas de la historia (y vaya si lo lograron) hacía falta patear el tablero de entrada, y eso quedaría en manos de su primer disco, Appetite for Destruction”.

Repasando el hard rock de la época, encontramos que la escena estaba dominada casi en su totalidad por el denominado Glam Metal (“Hair Metal”, dirían algunos), con músicos repletos de purpurina, pelos batidos y latex brilloso cantando sobre las bondades de las fiestas rockeras hollywoodenses y la vida del rock star californiano. Esta escena encontraría contrapartida en la obra de cinco músicos venidos de diferentes puntos y estilos, ya que a los amigos de adolescencia Axl Rose e Izzy Stradlin se les sumarían el bajista punk Duff McKagan, el baterista Steven Adler y, quizás el máximo sello distintivo del sonido de la banda, el guitarrista británico-estadounidense Saul Hudson ¿quién? Sí, estamos hablando de Slash. Juntos, y tras dos años desde la conformación definitiva de la banda, darían forma al mencionado disco, donde se proponen una vuelta a las raíces del género, aquel que nombres como AC/DC o Led Zeppelin habían sabido pergeñar, retomando el sonido sucio, desprolijo, crudo y verdaderamente rockero que el mundo estaba extrañando.

Bienvenidos a la Jungla

Si tu primer disco comienza con el descomunal riff introductorio de “Welcome to the Jungle”, podés esperar grandes cosas para tu carrera. Si a eso le sumamos el excelente trabajo vocal de Axl Rose citándose de manera directa en su llegada a la gran ciudad, estamos ante un disco consagrado de antemano. El tema, que sirvió de apertura a las grandes ligas para la banda, es una contundente descarga de hard rock repleta de fraseos de guitarra a cargo de la dupla Slash-Stradlin, que se profundizan al adentrarnos en la obra. Mr Browstone”, aquella canción del riff aerosmitheano sobre el “señor piedra marrón” que no nos dejará solos, o esa oda al vino barato convertida en una verdadera escuela de cómo hacer buen rock and roll llamada “Nightrain”, son claros ejemplos de la profunda y quizás irrepetible afinidad musical entre los guitarristas, donde los roles de guitarra líder y rítmica siempre estuvieron definidos, pero a su vez podían fundirse en un ida y vuelta de riffs, acordes, arreglos y hasta machaques enriqueciendo el disco y dotándolo de ese inconfundible tinte rockero con base blusera.

Uno de los grandes sellos distintivos de este disco es la forma en que músicos con influencias notoriamente diferentes pudieron congeniar e inducir un sonido que, al mismo tiempo que reunía similitudes con varias bandas, era distinto al de todas. Escuchando AFD podemos encontrar reminiscencias de los mencionados AC/DC o Led Zepellin (sobre todo “Zeppelin IV”), al mismo tiempo de otros nombres ilustres como Aerosmith, Hanoi Rocks (gran influencia para Axl) o los ídolos de Izzy Stradlin, los míticos Rolling Stones. Por supuesto no puede ser pasada por alto la notoria influencia del punk en la placa, refrescado más que nunca en la potente “It’s so Easy”, composición a cargo de Duff McKagan, el bajista oriundo de Seattle que a la postre se haría cargo de las segundas voces en varios temas de la banda.

La variedad del disco (siempre dentro de los márgenes del estilo) llega quizás a su máxima notoriedad a partir de la segunda mitad del trabajo. “Paradise City” y su introductoria guitarreada de acordes mayores a lo Lynyrd Skynyrd despliega un furioso rock con algunos de los riffs más densos y pesados de la banda (pesadez que se retomaría en el siguiente track, “My Michelle”), intercalándose con el brillante estribillo que pide llevarnos a la Ciudad Paraíso, convirtiéndolo casi de manera automática en un verdadero clásico del rock de estadios.

Pero si de clásicos hablamos, sin duda la obligada referencia es a “Sweet Child O’ Mine”, la power ballad de la placa. Este tema, que supo romper todo récord y ranking, fue la gran introducción de Guns N’ Roses al mundo del mainstream, y sigue siendo hasta hoy una de las más reconocidas canciones de la historia del rock. Y este éxito estuvo en gran parte debido al sonido emanado de la Gibson Les Paul de Slash, marca de instrumentos a la cual, de paso, el melenudo guitarrista ayudaría a revalorizarse. El riff introductorio y el brillante solo final son los puntos más altos de una excelente canción en formato balada, acompañados por una ejecución vocal de Axl Rose que no queda en segundo plano: es igual de perfecta. Si bien las baladas eran casi un punto obligatorio en las discografías de las bandas ochentosas (el momento de los encendedores en alto), SCOM demuestra que el tema lento puede ser más que solo relleno y convertirse en todo un himno.

Para el final, “Rocket Queen” y sus dos partes (la primera de frenéticos riffs e incendiarios estribillos, y la segunda a medio tiempo y cargada de sentimiento) redondean un final a tono con el disco, donde conviven idas y vueltas de salvaje rock & roll y ejecuciones repletas de buen gusto musical.

 “Appetite For Destruction” sigue sonando fresco, crudo y auténtico, tal como fue forjado hacia finales de los decadentes años 80 por un grupo de músicos del underground californiano. Un disco que condensa lo mejor de las influencias de sus integrantes a la vez que lo nutre con un peculiar (y salvaje) estilo único, el estilo Guns N’ Roses. Parecido a muchas cosas, pero distinto a todas, por ahí debió andar el secreto.

El legado:

El disco sigue siendo hasta el día de hoy el más exitoso de la banda y uno de los más vendidos a nivel mundial, siendo el disco debut más vendido de la historia.

“Appetite For Destruction” aportó algunos de los máximos éxitos de Guns N’ Roses, los cuales se convirtieron también en clásicos del rock que trascendieron generaciones. Temas como “Welcome to the Jungle”, “Paradise City” o (especialmente) “Sweet Child O’ Mine” derribaron cualquier límite estilístico convirtiéndose en clásicos de la música popular contemporánea.

La histórica formación inicial de Guns N’ Roses sigue siendo considerada una de las mejores que tuvo el rock, renovándose permanentemente la esperanza de la reunión completa.

Los temas que integran “Appetite For Destruction” continúan siendo ejecutados casi en su totalidad en los recitales de la banda, convertidos en eternos favoritos de los fans de GNR.