Lo que hoy conocemos como Heavy Metal tuvo origen, como ya sabemos, en una agrupación oriunda de Birmingham, Inglaterra. Esta banda es Black Sabbath, que para el año 1973 venía de lanzar cuatro discos que rompieron con los moldes estilísticos de su época, llevando al Rock hacia una faceta pesada y oscura. Con tan buenos precedentes, la banda había pasado de ser denostada por la crítica a convertirse en objeto de culto por un caudal cada vez más grande de fans. Así, llegaría el turno de convencer a todos de que el camino de Sabbath no conocía límites.

Para ese entonces, los excesos de todo tipo habían producido algunos inconvenientes en el seno del grupo. Entre ellos, algo que resultaría una rareza: la falta de inspiración. En búsqueda de recuperar la senda de las grandes composiciones, Tony Iommi, Geezer Butler, Bill Ward y Ozzy Osbourne se recluyeron en un castillo de Gales antes de entrar al estudio de grabación en Londres, donde serían acompañados por el tecladista de Yes, Rick Wakeman, invitado en el disco, para darle forma a su quinto trabajo discográfico.

“Sabbath Bloody Sabbath” abre el disco con su acompasado e increíble riff. A esta altura, poco queda decir sobre las capacidades que supo demostrar Tony Iommi en toda su carrera para componer algunos de los mejores riffs de la historia de la música pesada. Sin embargo, sería una injusticia inviable no mencionar su maestría ante tamaña obra emanada desde esas seis cuerdas. Es que el riff (EL riff) es verdaderamente hipnótico, cautivador, lleno de energía, sombra y pesadez. Desde su inicio, casi en fade, se impone cubriendo todo a su alrededor. Así, pronto se le suma la base conformada por Geezer Butler y Bill Ward, conformando una sólida pared sonora. Segundos más tarde, un renovado e incisivo Ozzy Osbourne demuestra que a esta altura ya es capaz de algo más que seguir la melodía de la guitarra. El Madman atraviesa la canción con su voz, surfeando elegantemente por las olas sónicas que propone el trío instrumental, con pasajes acústicos en clave setentosa que son intercalados por riffs que, aunque sean escuchados mil veces, siempre van a sorprender. Prueba de ello es el riff intermedio, denso, oscuro, sabbathico a más no poder. “Sabbath, sangriento Sabbath, nada más que hacer”, se escucha decir a Osbourne. Y esa impresión es la que queda escuchando esta primera canción. ¿Qué más se le puede pedir a un tema de heavy metal?

“A National Acrobat” nos avisa que nuevamente hay que rendirse ante la evidencia: Tony Iommy es el maestro supremo del riff. Psicodélico, tenebroso e imposible de borrar de la mente, el fraseo de guitarra abre la canción que es un medio tiempo desbordante de densidad, encontrando también un logrado trabajo vocal de Ozzy, que se difumina y entremezcla entre las numerosas capas de guitarras durante el tema. Sobre el final del mismo, un cambio de ritmo con aires optimistas, basado en notas mayores, eleva la canción para darle un final a todo ritmo. A continuación, la instrumental “Fluff”, apuesta a la calma y los delicados pasajes melódicos, con un excelso trabajo de guitarras acústicas y el notable aporte de Wakeman en el piano. “Sabbra Cadabra” podría ser considerado como el tema más “alegre” de la oscura discografía de los británicos y no sería exagerado. Sonando fresco y veloz, con un riff potente y una lírica bastante propia de la era del flower power, nuevamente con el invitado de lujo colaborando a generar los cambios de clima a lo largo del tema.

La segunda mitad del disco comienza con “Killing Yourself To Live”, una crítica a la rutina social, estructurada en la tradicional receta de riff-base-estribillo que adquiere especial relevancia hacia el final, con destacados cambios rítmicos que dotan a la canción de una envolvente melodía. Los sintetizadores de Wakeman se hacen presentes para darle introducción a “Who Are You?”. Y lo que también se hace presente es el aura psicodélica propia de los inicios de la banda, tanto por su música como por las letras, a cargo esta vez de Ozzy Osbourne. “Looking For Today” presenta como rasgo distintivo un notable trabajo de percusión a cargo de Bill Ward a lo largo de todo el tema y especialmente sobre el final del mismo, donde despliega con maestría su labor tras los parches. La introducción acústica de “Spiral Architect” le abre paso a una búsqueda progresiva de la banda, alejándose un poco del sendero oscuro y explorando horizontes no tan lejanos, nuevamente con el respaldo de Wakeman oficiando de soporte, para cerrar el albúm. “Sabbath Bloody Sabbath” muestra a una banda explorando toda su capacidad compositiva, con picos altísimos como su tema homónimo y un nivel general acorde al legendario nombre de la agrupación embrionaria de todo lo que escuchamos hoy en día.

El legado:

“Sabbath Bloody Sabbath” es considerado uno de los principales discos de Black Sabbath y del Heavy Metal, siendo el tema que da nombre a la placa un clásico imperecedero para el mundo del metal.

El disco fue el primero en recibir de manera unánime críticas favorables, lo que reafirmó la influencia del cuarteto británico en la música pesada.

Los pasajes duros y sombríos que la banda expresa en el disco, propio de temas como “A National Acrobat”, sirvieron de base para el desarrollo posterior de diversos subgéneros, como el Groove o el Doom Metal.