Crónica: Nahuel Escalada / Fotos: Maru Debiassi

La banda de Mikael Akerfeldt volvió a Buenos Aires en el marco del “Sorceress Tour”, para presentar su nuevo disco además de un recorrido histórico por toda su discografía.

El caso de Opeth es sumamente particular. A través de los años, los suecos han logrado un distintivo y enorme reconocimiento. Mientras su progresión musical siguió refinando la fantástica formula basada en la combinación del death metal más agresivo con la delicadeza del progressive, el respeto hacia ellos continuó creciendo de manera que pocos se han animado a cuestionarlos, y eso se testifica en cada lanzamiento, donde no han tenido problemas en figurar en las listas de lo mejor del año ni en los más vendidos. Y, como mencione antes, la concurrencia: shows agotados.

Mientras La Internacional Errante entretenía con su simpático setlist, los pasillos de Groove se fueron llenando cada vez más, al punto de escuchar reiteradas veces el “permiso” para lograr pasar entre el tumulto de los asistentes. Fue así que luego de una larga y tediosa espera, las luces se apagaron y Martin “Uruguayo” Méndez en bajo, Martin Axenrot en batería y Joakim Svalberg en teclados (que dicho sea de paso, tuvo problemas en toda la noche con su instrumento) fueron los primeros en salir y empezar a entonar la intro de “Sorceress” -tema homónimo de su último disco- seguidos del talentoso Fredrik “Peluca” Akesson en guitarras y la estrella de la noche: Mikael Akerdeldt. Es increíble como un tipo como Mikael logra producir un cariño y empatía tan grande con solo un par de muecas, sonrisas y ni hablar de sus estupendas interacciones con la gente. Canticos, coreos e histeria efervescente desde el comienzo y los primeros compases del fantástico “Ghost of Perdition” fueron suficiente para reventar los tímpanos de los presentes y si eso ya era mucho, el caos de “Demon of the Fall” provoco un pogo que ni los propios Opeth hubieran imaginado ver.

“The Wild Flowers” siguió en la lista y para ese momento ya supimos que Groove no es un buen recinto para ver bandas o al menos una como Opeth. La acústica no es la mejor, el sonido nunca se termina de acomodar y lo reducido de su escenario hace que todo se sienta, justamente, reducido. De todas formas, no impidió que disfrutáramos de un show fantástico, pero quedo la sensación de que pudo haber sonado mejor. “Miguelito, Miguelito, Miguelito”, coreó la gente y Akerfeldt solo se atinó a sonreír y preguntar: “Hola, ¿Cómo están? Voy a decir algo que no tiene nada que ver con el tema que sigue, pero ayer estuvimos cenando aquí en la ciudad y pedí una comida típica de Buenos Aires. La comida se llama *se dirige a Mendez para que le diga cómo se pronuncia la palabra*… Chinchulin”, solo eso basto para que todo el salón explote en carcajadas y aplausos por picarona declaración. Es que uno de los condimentos que hace especial a Opeth es Akerfeldt: el tipo tiene un manejo de escenario tan atípico como especial, donde el principal fuerte es la espontaneidad, logrando así un entusiasmo, buena vibra y predisposición para todo el show. “Bueno, ahora vamos a hacer Melinda… ¿vieron? No tenía nada que ver”, aplausos, aplausos por favor. Mientras “Face of Melinda” e “In My Time of Need” inundaban el recinto de delicadeza, la seguidilla de “The Devil’s Orchard”, “Cups of Eternity” y “Heir Apparent” –ese riff parece haber salido de ultratumba- los pisos de Groove temblaron.

El final se aproximaba cada vez más y estoy seguro que nadie quería que termine: ellos podían tocar tres horas más y nosotros felices. El increíble “The Drapery Falls” cerraba la primera parte del show y luego de unos minutos la banda volvió al escenario para entonar el último tema: el monumental “Deliverance” y sus casi 14 minutos de furia desmedida y pasajes progresivos que hasta los propios Emerson, Lake & Palmer estarían impresionados. El resultado fue así un set list variado de toda su discografía, exceptuando los primeros dos discos de la banda – “Orchid” (1995) y “Morningrise” (1997)- con una gran versión de cada una. Luego de presentar a cada músico y algunas palabras de agradecimiento de Martin Mendez en perfecto castellano -fue el segundo más coreado de la noche-, Mikael Akerfeldt y compañía se despidieron de nosotros y todo fue un vacío existencial. Acabábamos de ver uno de los mejores shows de este 2017 y lo peor de todo es que tenemos que esperar otros dos o tres años para volver a ver uno igual. Gracias Opeth, gracias por tanto y perdón por tan poco.