Crónica: Roberto Isa / Fotos: Maru Debiassi

La histórica banda de thrash metal se presentó en el recinto porteño para ofrecer una despedida a la altura de su leyenda.

Realizar una crónica de un recital donde la banda protagonista se está despidiendo de los escenarios siempre supone realizar un breve repaso histórico del conjunto en cuestión. A saber, la banda es Slayer, la legendaria agrupación californiana que junto a sus contemporáneos (los otros tres miembros del famoso “Big Four”) le dieron forma, vida y consistencia a un subgénero que terminó traspasando cualquier límite de masividad: el thrash metal. Y dentro de este selecto grupo, Slayer siempre se destacó por su particular capacidad para emanar violencia (bien entendida, claro) desde su propuesta musical. Slayer es agresivo, no tiene contemplaciones. Slayer es poderoso, muy. Slayer es muchas cosas, y todo eso se condensa en una fuerza imparable sobre el escenario. La cita, en el templo boxístico de Corrientes y Bouchard, dejaba todo listo para ofrecer un último round.

Ya había pasado el turno de Horcas, banda por demás habituada a las grandes noches metaleras, demostrando, como siempre, un perfecto manejo de la situación sobre las tablas. Una actuación ajustada, breve y concisa, presentando novedades de “Gritando Verdades”, su último trabajo discográfico. La banda, por supuesto influenciada por Slayer (referencia suprema para cualquier guitarrista de thrash, según el violero Lucas Simcic), ayudó a que comience a levantarse la temperatura para el arribo de los “reyes del infierno”, como los nombrara Walter Meza.

A esta altura, el Luna Park ya ofrecía un marco de público acorde a la gran cita, y con el correr de la noche, el estadio terminaría por completarse. Puntualmente a las 21 horas, las luces se apagan y detrás del telón comienzan a formarse las figuras de Tom Araya, Kerry King, Gary Holt y Paul Bostaph, mientras suena el track de “Delusions of Saviour”. Con el telón ya levantado, comienza el recital con la furiosa “Repentless”, conformando un letal trio inicial con “Evil Has No Boundaries” y “World Painted Blood”. La furia con la que la banda salió a demoler todo encuentra un momento de sosiego al quedar solamente Tom Araya frente al público. Allí, el vocalista (intercalando español e inglés), agradeció a la concurrencia la devoción hacia su banda, remarcando que nos encontrábamos frente a un momento único: un gigante del metal comenzaba a despedirse. Pero la despedida sería como corresponde, a lo grande. Por eso, Kerry King se encargó de riffear sin concesiones y lucirse como en el brillante tapping del solo final del clásico “War Ensemble”, mientras que, delante suyo, la horda metalera experimentaba una verdadera guerra en el campo del Luna. Paul Bostaph y, especialmente, Gary Holt, no solamente se acoplan a la perfección a la maquinaria de sangre, sino que asumen roles destacados. Remarco al guitarrista, ya que si bien la labor del baterista es excelente, el papel de Holt es protagónico en la versión en vivo de Slayer. Por los solos, por el carisma, por una colosal presencia escénica, termina convirtiéndose en figura de la cancha.

Clásicos del thrash como “Seasons in the Abyss”, “Hell Awaits” y “South of Heaven” amenazan con convertir en una auténtica carnicería lo que sucede en el campo. Rondas, pogo y más pogo. Tras una breve pausa, el himno demencialmente perfecto “Raining Blood” (con el característico telón de las cuatro águilas como fondo), convierte al Luna Park en un hervidero, llueve sangre por última vez en Argentina. Para el final, otro clásico como “Angel of Death” cierra la noche, quedando momento para que Araya, nuevamente a solas frente a la concurrencia, admire a la multitud, en una mezcla entre incredulidad y agradecimiento. “Voy a extrañar esto”, dice Araya antes de dejar el escenario. Nosotros también los extrañaremos, y mucho.

Señalé que Slayer es muchas cosas, de hecho, después de presenciar este show queda claro que todavía no existen palabras para describir el poder de Slayer en vivo. Quizás, con el tiempo, cuando su nombre sea todavía más legendario, se termine convirtiendo en un calificativo, y entonces, para definir la perfomance de alguna banda digamos que “sonó Slayer”. Sin dudas, sabremos a qué nos estaríamos refiriendo.