rónica: Julieta Güerri / Fotos: Gody Mex
El grupo californiano volvió a pisar suelo argentino con lo mejor de su hardcore punk melódico.
Nuestro país fue nuevamente elegido por Bad Religion para abrir su gira Latinoamericana. Esta vez, fue el Estadio Malvinas Argentinas el que albergó miles de fanáticos que se reunieron el pasado 22 de Abril para celebrar más de cuatro décadas de un mensaje que, lejos de quedar en el olvido, sigue interpelando a nuevas camadas de seguidores.
Frente a un público atravesado por generaciones —con amigos, padres e hijos llenando el campo y la platea—, las presentaciones de los referentes locales Shaila y Eterna Inocencia inauguraron la velada y pusieron a todos en contexto, cada uno desde su identidad. Ambas bandas, con fuerte presencia en la escena punk argentina y que crecieron bajo la influencia de Bad Religion, explicitaron ese vínculo desde el escenario, donde no faltaron referencias a su respeto y admiración por la banda.
Fiel al ADN punkrockero, el show comenzó puntual a las 22 hs y avanzó sin concesiones. Tema tras tema, sin pausas ni demasiadas intervenciones, el grupo sostuvo un ritmo firme apoyado en canciones breves, directas y precisas.
Al frente de la formación, Greg Graffin mantuvo su habitual sobriedad, mientras que el resto de los integrantes desplegaba las particularidades que terminaban de darle cuerpo al grupo. Mientras Jay Bentley se encargaba de la parte física con una postura de ataque constante en el bajo al mejor estilo Dee Dee Ramone, las guitarras de Brian Baker y Mike Dimkich se repartieron el trabajo de ensamble, todo bajo el pulso marcado por Jamie Miller desde la batería.
Del setlist destacó la fuerte presencia de material de The Gray Race (1996), con temas como “The Streets of America” y “Them and Us”, que no suelen formar parte fija de sus giras pero que volvieron a ganar fuerza en el vivo. El núcleo del set, de todos modos, se sostuvo sobre sus clásicos más reconocibles: “American Jesus” (Recipe for Hate, 1993), “21st Century (Digital Boy)” e “Infected” (ambas de Stranger than Fiction, 1994) y “Sorrow” (The Process of Belief, 2002).
Sin embargo, no todo estuvo a la altura de las circunstancias. Desde algunos sectores el sonido se percibió irregular, tendiendo a saturarse y perder definición. Más que un problema de ejecución, la sensación remitió a limitaciones en la acústica del lugar, que por momentos empañaron la claridad del conjunto.
Aún así, el resultado general no se vio comprometido y, si hubo un elemento que terminó de definir la noche, fue el público: pogos intensos, movimiento constante y una circulación ininterrumpida de gente sobre la multitud, llevados hacia la valla durante la hora y veinte de show. Muchos de los que eran retirados por seguridad volvían a ingresar rápidamente para repetirlo, entrando y saliendo una y otra vez.
El show de Bad Religion finalizaba con la pantalla proyectando una frase que es el corazón de su filosofia: “Think for yourself”. Resulta una paradoja interesante; mientras la banda nos empuja a cuestionarlo todo y a pensar por nosotros mismos, la multitud responde con una fe ciega en sus canciones. Entre tanto escepticismo y cuestionamiento, al final del día, lo único que queda es creer en el punk rock.












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