Crónica: Julieta Güerri / Fotos: Maru Debiassi
The Adicts regresó a nuestro país en el marco de su gira mundial “Adiós Amigos”, el tour que marca el cierre de sus cinco décadas de trayectoria.
La banda británica se presentó el pasado 20 de marzo en The Roxy Live y trajo consigo toda la parafernalia que supo conformar su identidad disruptiva. Hacia fines de los años 70, mientras el punk inglés se debatía entre la urgencia política y el nihilismo, los de Ipswich irrumpieron con una propuesta que rompió los esquemas de cualquier tocada tradicional. Musicalmente, se despegaron de la crudeza básica del género para abrazar un punk melódico, de estribillos gancheros y arreglos casi teatrales que los emparentaban más con el music hall. Este estilo, combinado con su estética inspirada en la película “La Naranja Mecánica” —con bombines, maquillaje blanco y una elegancia un poco decadente— los convirtió rápidamente en una anomalía carismática dentro de la escena.
Esa noche, el Roxy se transformó en una pasarela de anacronismo punk donde el público porteño montó su propio espectáculo: convivieron crestas con pinchos, chalecos con parches y tachas, patrones escoceses, animal print y rayas, junto a los infaltables bombines en homenaje a los “Droogs”. Una muestra de fidelidad absoluta con los fans locales vistiendo sus mejores galas de pertenencia.
El show fue una ceremonia celebratoria donde el confeti, las serpentinas y las cartas de póker volando por el aire transformaron el recinto en un carnaval caricaturesco. Con una dinámica de un tema tras otro y sin respiros, la banda descargó un setlist de casi 30 canciones que recorrió lo mejor de su catálogo. Himnos como “Joker in the Pack”, “Johnny was a Soldier”, y “Steamroller” se sucedieron en ráfaga con la intensidad de una tocada punk tradicional.
El cierre con “Bad Boy” y “Viva la Revolution” desembocó en el momento de mayor comunión de la noche, el cover de ‘You’ll Never Walk Alone’ (Rodgers & Hammerstein): un final emotivo que transformó el pogo en una auténtica ceremonia de hermandad, con cientos de voces unidas en un canto de despedida. Fue el adiós definitivo de los escenarios locales para un grupo que, tras 50 años, se retira dejando atrás el caos y el desorden que siempre los caracterizó.








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