Crónica: Max Garcia Luna / Fotos: Tute Delacroix
Tras ser declarado Huésped de Honor, Mustaine y los suyos entregaron un setlist demoledor que equilibró sus nuevos lanzamientos con los clásicos de siempre.
En el marco de su gira “This Was Our Life Tour”, Megadeth regresó a Buenos Aires para ofrecer un show que, más allá de la carga emocional de una supuesta despedida, se destacó por una rigurosidad técnica que no se veía en la banda desde hace décadas. La visita tuvo un prólogo institucional de peso: la Legislatura Porteña declaró a Dave Mustaine como Huésped de Honor de la Ciudad, un reconocimiento que el líder agradeció subrayando la conexión que marcó un hito en aquel Obras del 94.
Ya en un Tecnópolis colmado por cerca de 35.000 personas, Mustaine demostró que, si este es el final, ha decidido bajar el telón con la formación más afilada de su historia reciente. El inicio con “Tipping Point”, perteneciente a su álbum homónimo, despejó cualquier duda sobre el estado de la banda. El finlandés Teemu Mäntysaari no es solo un reemplazo funcional; su ejecución de los solos de Marty Friedman en “Hangar 18” y “Tornado of Souls” rozó la perfección, respetando cada nota con una fidelidad que su predecesor, Kiko Loureiro, solía matizar con su propio estilo.
La lista de temas tuvo un equilibrio calculado entre la nostalgia obligatoria y la vigencia creativa. El bloque intermedio, con “Dread and the Fugitive Mind” y “Wake Up Dead”, expuso la solidez de una base rítmica ya aceitada: James LoMenzo aporta una presencia escénica y un tono de bajo que rellena cada hueco, mientras que Dirk Verbeuren en la batería sigue siendo el soporte que permite que Mustaine descanse en la rítmica sin perder intensidad.
El punto de mayor ebullición llegó con “Symphony of Destruction”, donde el ya legendario grito de “Megadeth, Megadeth, aguante Megadeth” atronó en el predio con una fuerza que reafirmó la vigencia de un ritual que el mundo entero terminó copiando. Acto seguido, el grupo ofreció “Let There Be Shred”, nuevo material que se despega de la complejidad de los últimos discos para retomar el pulso básico y veloz del thrash más primitivo, conectando casi sin fisuras con el espíritu de “Hook in Mouth”.
Hacia el cierre, Mustaine apeló a la historia compartida con Metallica, pero con un giro de autoridad. La interpretación de “Mechanix” —a una velocidad que desafía la artritis severa que sufre el desde hace tiempo— seguida por “Ride the Lightning” (regrabada recientemente por la banda), funcionó como un recordatorio de su huella en los cimientos del género.
El bloque final con “Peace Sells” y “Holy Wars… The Punishment Due” cerró una jornada de audio nítido, a pesar de la complejidad acústica que suele presentar el predio de Villa Martelli. Megadeth pasó por Argentina dejando de lado el “cliché” del adiós lacrimógeno para centrarse en lo que mejor sabe hacer: una exhibición de ingeniería sonora y velocidad.












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