Crónica: Max Garcia Luna / Fotos: DF Entertainment
Tras diecisiete años del impacto emocional que quedó inmortalizado en el legendario “Live at River Plate”, la maquinaria de Angus Young y Brian Johnson regresó al Monumental.
A 50 años de su fundación, AC/DC se erige como una ceremonia de resistencia. Su desembarco en Buenos Aires con la gira “Power Up” fue mucho más que un ejercicio de nostalgia. En un River Plate colmado, la banda demostró que su arquitectura de sonido, representada por esa icónica pared de amplificadores Marshall, sigue siendo el estándar de su potencia en vivo, manteniendo intacto aquel magnetismo que en 2009 convirtió a Buenos Aires en la capital mundial del quinteto.
La producción de esta saga en el Monumental mostró una capacidad de respuesta inusual, entendiendo que el ritual argentino exige una logística a la altura de su pasión. Debido a las quejas en la fecha inaugural, la organización rediseñó el esquema del vallado en el sector de campo para lograr mayor capacidad y comodidad, optimizando la visibilidad. Incluso cuando el clima decidió aportar su propia dosis de mística -como la lluvia que bañó la segunda fecha evocando las jornadas más épicas del rock de estadio-, la estructura del show se mantuvo granítica, elevando la performance de Angus Young a un nivel casi mitológico bajo el agua.
En el centro del escenario, la formación reveló una precisión quirúrgica. Con Chris Chaney (bajo) y Matt Laug (batería) sosteniendo el pulso con una sobriedad admirable, la banda encontró el equilibrio exacto para que Stevie Young mantuviera viva la llama de Malcolm. Esta sección rítmica renovada es el motor que permitió que Brian Johnson, con su registro rasposo y una técnica de supervivencia vocal que desafía al tiempo, se adueñara de clásicos como “Hells Bells” y la volcánica “Thunderstruck”, demostrando que la recuperación de su audición fue el milagro que el rock necesitaba para seguir rugiendo.
Resulta imposible no trazar la analogía con aquel histórico diciembre de 2009. Si en “Live at River Plate” el mundo descubrió la ferocidad del público local, en esta visita de 2026 se confirmó que esa conexión no fue un evento aislado, sino un vínculo eterno. Que el cierre de la trilogía haya coincidido con el festejo por los 71 años de Angus Young ratificó la naturaleza incombustible del guitarrista, convirtiendo la última fecha en el clímax de una celebración compartida. Desde el arranque con “If You Want Blood (You’ve Got It)” hasta el cierre cañonero de “For Those About to Rock”, la iconografía fue monolítica: la campana de bronce, los cuernos rojos iluminando Núñez y el solo extendido de “Let There Be Rock”, evidencian que la esencia del género no necesita reinventarse cuando es auténtica.
Fuera de cualquier análisis técnico, el fenómeno escapa a toda lógica. Fue el reencuentro esperado, una congregación de lealtades inquebrantables: cerca de 70.000 personas en cada una de las tres presentaciones que el grupo brindó en nuestro país, logrando una vez más que el Monumental fuera el epicentro de una comunión que solo aquellos que no buscan explicación entienden.












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