Crónica: Max Garcia Luna / Fotos: Gody Mex
A 35 años del lanzamiento de “Magos, Espadas y Rosas”, la banda liderada por Walter Giardino llevó su obra cumbre al Teatro Argentino de La Plata.
En un entorno de gala, el quinteto demostró que el heavy metal clásico es capaz de colonizar los templos de la alta cultura con una vigencia técnica abrumadora. Hay discos que marcan una época y otros que definen un género. “Magos, Espadas y Rosas” (1990) hizo ambas cosas. En la flamante Sala Ginastera, recibió el tratamiento de una pieza de cámara eléctrica, validando un repertorio que, tras tres décadas y media, ya forma parte del canon de la música popular argentina.
El Teatro Argentino ofrece una experiencia auditiva que no admite distracciones. Bajo el marco de un sonido imponente, Walter Giardino -en su rol de director de orquesta- aprovechó la acústica del recinto para desatar un virtuosismo técnico donde la velocidad nunca sacrificó la claridad. En una sala diseñada para la ópera, la voz de Adrián Barilari encontró una resonancia natural, sosteniendo los agudos con una entereza admirable. Esta precisión se vio respaldada por una base rítmica de alto impacto: la solidez de Danilo Moschen en teclados y John Paul Chots en el bajo permitieron que el despliegue de Alan Fritzler en la batería brillara, revitalizando el sonido del quinteto. La química colectiva, ese juego de tensiones y resoluciones que es la marca registrada de Rata Blanca, se vio potenciada por la solemnidad del lugar.
Desde el arranque con “Hijos de la tempestad” hasta la potencia de “Rock es rock!”, la banda mantuvo un nivel de ejecución altísimo. Sin embargo, el corazón del concierto latió en los pasajes más densos: la interpretación de “Días duros” y la mística de “El camino del sol” adquirieron una nueva dimensión bajo las luces del Argentino. Por supuesto, el éxtasis colectivo llegó con el bloque final de “Mujer amante” y “Guerrero del arco iris”, dos piezas que ya no son solo infaltables en cualquiera de sus setlist, sino que representan el punto de contacto más alto entre el grupo y su audiencia.
Para los bises, la inclusión de “Rock and Roll Hotel” y la incombustible “Aún estás en mis sueños” prepararon el terreno para el estallido definitivo. Ver a la Sala Ginastera rendida ante los riffs de “La leyenda del hada y el mago” fue el cierre de un círculo: el metal argentino, tantas veces marginado de los circuitos oficiales, encontró en el principal centro cultural de la provincia su lugar de honor.








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