Crónica: Rodrigo San Miguel / Fotos: Maru Debiassi

Afianzando el rango de padres del metal gótico, Paradise Lost llegó nuevamente a Buenos Aires para demostrar que lejos de agotarse, su propuesta aún tiene mucho para dar.

No pienso comenzar esta crónica con la alusión a la imperecedera obra de John Milton. Pero el vicio puede más y voy a hacerlo usando al gran Dante. Si leyeron su Divina Comedia, y si no también (¡no es tan jodida la referencia, vamos!), saben que el camino al Paraíso está plagado de dificultades, bíblicamente bautizados como Infierno y Purgatorio. El Infierno no comenzó con los teloneros Frater y Num, quiénes si bien lejos de mis gustos personales, entretuvieron al presente con sus actos, los primeros con sus giros “InFlamesdinescos” y los segundos con un machaque retorcido lleno de guiños al Stoner. Mi Infierno viene desde hace meses con algo que no viene al caso contar, pero que hizo que Paradise Lost sea mi primer recital en largo tiempo. Saber que el destino era Uniclub me dibujó una sonrisa en la mente, rememorando hermosas noches góticas, como la vivida en 2016 con Katatonia.

El Purgatorio fue toda la semana previa escuchando “Medusa”, un buen disco pero que, así como viene sucediendo en sus últimas producciones, me dejó sabor a poco en la boca. Soy gran fan de la banda, conociéndolos en sus bastardas épocas de “One Second” y “Host”, pero luego aprendiendo a apreciar todo su legado con “Icon”, “Draconian Times” y obviamente “Gothic”, el disco que inauguró un sub-género por sí mismo. Ese Purgatorio pareció extenderse cuando el set abrió con “From the Gallows”, de su reciente lanzamiento. Un tema algo soso, demasiado autoreferencial a sus primeras épocas pero sin la frescura correspondiente. Todo ese prejuicio se fue al tacho cuando acto seguido clavaron “Gothic” (el tema), “One Second” y “Erased”. Una gemita de cada época de esta camaleónica banda. Y a pesar que hace dos décadas sufro de placer con cada punteo de “Gregorio” MacKintosh, recién ahí entendí de qué la va Paradise Lost. Es un rejunte de reinvenciones constantes, de toqueteos y retoqueteos con otros sonidos sin por ello perder su esencia, eso que tanto le costó a Lars Ulrich y compañía.

Sabedores que su discografía refleja eso mismo, fueron como un tren gótico parando en cada estación sin temor a descarrilar. Así llegaron a “Enchantment” del majestuoso “Draconian Times” (faltó más de ése disco, amigos) y a “Requiem” del disco homónino, que fue una supuesta vuelta a unas raíces que nunca abandonaron. Siguiendo la ferroviaria metáfora, el andar está asegurado cuando tenés rieles como el guitarrista Aaron Aedy y el bajista Steve Edmonson, sin lucirse son las bases del edificio donde brilla Gregorio (con look a lo Iorio esta vez) y ese “tragic rock-idol” que es Nick Holmes, capaz de tirar chiste tras chiste sin dejar conocer ni uno de sus dientes.

Debo admitir que el set list decayó luego con las posteriores canciones, más ligadas al siglo XXI de la banda. Por suerte “Blood and Chaos”, LA gema de su último disco, cayó para mostrarnos que siguen con ases bajo la manga y encima después con ése mega-hit gótico (¿existe eso?) que es “As I Die”. Poco más quedó luego, con unos bises que no estuvieron a la altura de semejante banda, hecho que afirmo solamente desde el rencor de no haber escuchado “Halloweed Land”. Cerraron con “Say Just Words” y bailotamos todos con ésa amarga felicidad que solo uno de los padres del Ghotic-Metal puede dar. Y en los tiempos que corren, ése es suficiente Paraíso.