Crónica: Juan Manuel Guarino / Fotos: Florencia Giuliana

Con la excusa de presentar su nueva obra, “The optimist”, Anathema volvió a demostrar que bajando los decibeles, apelando a melodías sensibles y atmosféricas, se pueden lograr las emociones más potentes.

Una fuerte lluvia azotó la Ciudad de Buenos Aires aquél viernes por la noche, generando el clima ideal para la propuesta de Anathema. Cuando ingresé a Groove lo primero que me llamó la atención fue notar que la ya considerable cantidad de presentes estaban compenetrados en la actuación de Presto Vivace, los soportes locales. No era para menos. El cuarteto se encontraba desplegando una sólida performance arriba del escenario, destacándose principalmente la labor de Marcelo Pérez Schnaider y su asombrosa destreza con el bajo. Finalizaron su set cerca de las 20.30 llevándose una más que merecida ovación.

Media hora más tarde, las luces se apagaron y la considerable pantalla detrás del escenario comenzó a desplegar imágenes pertenecientes a su última obra a la vez que sonaba de fondo el instrumental “San Francisco”. Pese a que “The optimist” dejó cierto gusto a poco, esta visita de la banda de los hermanos Cavanagh se anticipaba como algo especial. Y así lo fue. Y si para colmo el sexteto abre el juego con las dos partes de la perfecta “Untouchable”, el partido prácticamente lo ganaron desde los camarines. Pero aún faltaba mucho más. Para empezar, vale decir que el sonido acompañó prácticamente durante todo el show (más allá de algún que otro inconveniente con las guitarras por los cuales Vincent y Danny más de una vez tuvieron que llamar a su asistente técnico). Y después, una lista de canciones que dejó a las claras porqué Anathema es una banda que le saca kilómetros a sus competidores. Unos músicos afiladísimos, capaces de alternar sus instrumentos cada vez que la situación lo requiriese, y con el talento para pasar de las melodías amables de “Dreaming light” a la oscuridad y a la opresión de “The storm before the calm” o “Universal”; intercalando emotividad y dramatismo en piezas como “The beginning and the end”, junto con el tecnicismo electrónico de “Closer” o “Distant satellites”. Todo fluye naturalmente. En ése sentido, el contrapunto vocal de Vincent Cavannagh con la blonda Lee Helen Douglas juega un papel fundamental. La rubia nos deja a todos con un nudo en la garganta cuando toma el protagonismo en “Endless ways” o en la ya clásica “A natural disaster”, mientras que Vinnie, con su particular voz, la deja chiquita en momentos de profunda oscuridad como “Lost control”. Pero hubo un momento que marcó el pico de la noche y era el que estaban todos esperando de la mano de “Back to the star”. Esta pieza encargada de cerrar su última placa cuenta con los clásicos “olé, olé..” del público argentino grabados en su gira anterior, y fue por ella que la banda esperó a llegar a suelo argento para que tenga su debut en vivo. Con todos los músicos en el escenario luciendo la casaca de la selección argentina y con una bandera entregada por el club de fans, la fiesta tuvo su punto más alto. Muchos pensarán que es demagogia pura. No duden ni por un instante que al ver los rostros de los músicos se puede confirmar que el cariño de la banda por el público local es absolutamente genuino.

Como ya es costumbre, se despidieron con “Fragile dreams” y luego de casi dos horas y media de show, Anathema sentenció otro paso triunfal por nuestro país prometiendo que volverán quizás el año que viene. Creer o no, es cuestión de cada uno. Lo que no se puede dudar es que, cuando sea, allí estaremos.