Crónica: Marcos Bentancourt / Fotos: Maru Debiassi

Con un inmejorable desempeño, los finlandeses celebraron sus veinte años en el Estadio Malvinas Argentinas, repasando lo mejor de su repertorio.

La encargada de comenzar a caldear la fresca y lluviosa noche fue Boudika. El conjunto santafesino teloneaba por segunda vez a Nightwish y para nada desperdiciaron esta oportunidad. Durante el set repasaron temas de su único disco de nombre homónimo, mientras el estadio ubicado en La Paternal llenaba más de la mitad de su campo. Sin embargo, los aullidos de la gente verdaderamente se hicieron escuchar al llegar Delain con “Hands of Gold” para luego corear “Suckerpunch”, ambas pertenecientes a su última producción discográfica, que repasaron casi en su totalidad. Así continuaron con “The Glory and the Scum” y “The Hurricane”, con una enérgica y carismática Charlotte Wessels, que se movió por todo el escenario interactuando permanentemente con el público. Antes del cierre, Marco Hietala -bajista de Nightwish- acompañó en “Sing to Me”, del anteúltimo disco de la banda, “The Human Contradiction”; y luego de que los oriundos de los Países Bajos tocaran “Fire with Fire” y “Danse Macabre”, su soprano sorprendió a todos al ponerse la camiseta argentina con la diez. Finalizando con “Don’t Let Go” y su clásico “We Are the Others”.

La larga espera por el conjunto estrella de la noche, en un estadio ya atestado, sólo se cortó gracias a una voz, acompañada de una animación, que invitó a no utilizar los celulares durante la presentación. A continuación, se exhibió una sorpresiva cuenta regresiva de un minuto de duración, la cual aumentó la ansiedad de la gente, que al final se desagotó: “tres… dos… uno…”. Silencio. Oscuridad total. De repente, se escucha una flauta serena siendo gradualmente iluminada por su portador, Troy Donockley. Antes de que nadie se de cuenta, el resto de los finlandeses surgieron al grito de “End of All Hope” haciendo temblar todo el estadio con un potente y contundente sonido, que se mantuvo entero a lo largo de la noche. A continuación, esgrimieron el tradicional “Wish I Had an Angel”, un celebrado “10th Man Down” y en seguida llegó el primer “¡Olé, olé, olé, olé, Nightwish, Nighwish!”. Con más de dos horas de duración y sin dejar ningún álbum de la discografía afuera, realmente se hizo difícil encontrarle alguna falla a la soberbia performance de Nightwish y sus elaboradas animaciones en pantalla que jugaron al ritmo de cada canción.

Después del despliege de “Come Cover Me”, “Gethsemane” y “Élan”, la noche llegó a uno de sus puntos culmines con el deslumbrante “Sacrament of Wilderness” y el majestuoso “Deep Silent Complete”, que fue coreado por todo el público. A esta altura es necesario recalcar la poderosa voz de Floor Jansen. Sus movimientos lentos y armoniosos contrastaron con el frenético giro de su cabellera, dejando todo sobre el escenario. El momento calmo y oscuro llegaría de la mano de “Dead Boy’s Poem”. Aunque el respiro no duraría mucho, ya que enseguida la fiesta siguió con “Elvenjig”, el cover de una canción folclórica, en la que Troy Donockley se destacó en flauta y gaita, y Marco Hietala con su instrumento de doble mango que le permitió alternar entre bajo y guitarra. De esta manera, todo estaba preparado para arrancar con el infaltable “Elvenpath” y después un cántico que no dejaba continuar a los finlandeses: “Olé, olé, olé, olé olé, olé, olá, Oh soy de Nightwish, es un sentimiento que no puedo parar!”

Al ritmo del frenético baile de Floor Jansen prosiguió “I Want My Tears Back”, para después ejecutar “Amaranth”, “The Carpenter” y, ¿cómo no? “The Kinslayer”. La noche se fue consumiendo con el veloz “Devil & the Deep Dark Ocean”, un muy coreado “Nemo”, y el potente “Slaying the Dreamer”. De esta manera, el conjunto terminó el show con los extensos “The Greatest Show on Earth” y “Ghost Love Score”. Luego de la reverencia de los cinco artistas, se fueron apagando las luces con un público que les devolvió todo el afecto que pudo, esperando que vuelvan pronto.